Todos en la vida, en muchas oportunidades debemos tomar decisiones.
Puede ser algo muy fácil, como también muy complicado. Por ejemplo si tenemos que tomar la decisión de trabajar o estudiar, debemos fijarnos que es lo que mas no gusta hacer, o que es lo que preferimos hacer por ahora, y tal vez la decisión abarque ambas alternativas.
Pero cuando tenemos que decidir con respecto a temas en los que ya no hay marcha atrás, la situación se empieza a poner cada vez más complicada. No sabemos cual es el camino correcto, y a veces pensamos que ese no vamos a poder ver realmente cual es el rumbo que debemos tomar, teniendo en cuenta, que una vez tomada la decisión, no hay vuelta atrás.
En estos momentos, todo parece cuestión de una seria reflexión, de pensar en lo positivo y negativo de cada una de las alternativas que tenemos, y de llevar a cabo un proceso de análisis de la situación, muy profundo, donde tratemos de cometer la menor cantidad de errores posibles.
Dicho de la forma anterior, parecería que la mente, y la lógica son los únicos componentes que entrar en juego a la hora de tomar una importante decisión. Pero esto no es tan así.
Muchas veces, para decidir, tomamos en cuenta los sentimientos, que se mezclan con los pensamientos y esa lógica de la que hablaba anteriormente. Todo nuestro ser empieza a realizar una especie de balance, donde tenemos que decidir si hacerle caso a lo que manda la cabeza o el corazón.
Es complicado, ver o detectar cual es el que tiene razón, es decir, si nos guiamos por los pensamientos lógicos o los sentimientos.
Sin duda que no hay un manual de instrucciones a seguir en estos casos. Todo depende de que situación estemos viviendo y cual sea la esencia de cada uno.
Lo importante es tener en cuenta, que más allá de cualquier decisión, solo nos arrepintamos de aquello llevado a cavo que lastimó a alguien inocente, porque el resto de nuestras decisiones, de seguro son las correctas, y eso lo podemos ver tanto a corto como a largo plazo.